Lanzarote "El paisaje dormido"

El viaje

     
     De madrugón como todos los viajeros que nos hacinabamos en el tren y es que no había una manera más rápida ni segura de llegar al aeropuerto, ni en metro (de bote en bote y con 3 transbordos) ni en taxi en plena hora punta.


   
¡Virgen santa! ¡Peazo de terminal! ¡No hay quien se averigüe!



    Me entra el complejo de española profunda que disimulo bizarramente.


    Decidimos usar el servicio de Aena para minusválidos, nos asignaron un trabajador que charlaba por los codos y corría que se las pelaba y Concha se pegó la paliza andando al paso del "correcaminos". Yo, como una reina, sentadita en la silla de ruedas. Da gusto el servicio, se conocen los aeropuertos a la perfección: Embarques, cafeterías, tiendas, salidas y llegadas... ¡Amos que han tenido que hacer una carrera! No tuvimos que mover ni un dedo, de todo se encargó el "sin lengua". Y al regreso nos tocó otro parlanchín. Había comido lentejas, se compró una tablet en "El Corte Inglés" a la que le habían integrado un chip que la convertía en bomba, Le preguntó a Concha que si había oído hablar a los muertos... Yo me tronchaba y deduje que el servicio contrataba a minusválidos psíquicos.




    Todos los transportes estaban hasta arriba y el avión no fue menos, tuvimos que esperar a que guardaran todos los equipajes de mano (de mano dicen, había maletas que cabía un elefante -pequeñito eso si-) y casi no cabe la muleta. Nos tocó de compañero de triasiento a un pijo con dentadura de yonqui. Muy agradable el chaval y que como no, hablaba por lo codos: Iba a Lanzarote a sacar a mear al perro de un amigo. Había una conjura capitalista que enseñaba los dientes a través de los símbolos de las monedas...